El barrio de San Antón o judería
vieja
Primer
barrio que los hebreos ocuparon en Cáceres tras la reconquista,
al amparo del antiguo y desaparecido alcázar. Su centro la ermita
de San Antonio del Barrio, sencillo templo cubierto con el manto del enjabelgado,
construido según opinión general, sobre
el solar que ocupara la sinagoga; en la misma línea de sencillez
está el retablo que preside la ermita, obra realizada en 1.767
por el tallista José González.
Merece
la pena pasearse por este barrio no solo por admirar las muestras de arte
popular que aún conserva sus humildes casas, sino porque en él
se ubican algunos monumentos dignos de contemplar y también lugares
que nos sugieren viejas leyendas.
Un
vecino singular y el más antiguo del barrio, es sin duda, el Arco
del Cristo o Puerta del Río, la única de las puertas romanas
que de la muralla cacereña se mantiene en pie. La cuesta por la
que a él se accede desciende hasta la vaguada de la Ribera, una
breve corriente que, nacida en la Fuente del Rey, engendra un rosario
de huertas, con
unos cinco kilómetros de desarrollo, hasta su desembocadura en
el pequeño Guadiloba.
Por
la parte de intramuros y al pie del Arco, arranca la calleja del Moral,
escenario de una vieja leyenda local.
Dicen,
así nos lo contaron nuestros mayores, que en la noche de San Juan
–Aunque el hecho se relaciona con la de la víspera de San Jorge-
una gallina de oro con doce polluelos del mismo metal asciende por esta
calleja. Es la gallina,
la ¿princesa? Mora encantada, acompañada por doce de sus damas,
también transmutadas. Castigo a la joven agarena que, por amor,
hizo posible la conquista de Cáceres para los cristianos.
En
la calle del Rincón de la Monja existen dos interesantes casas.
Una es la de los Durán de la Mocha, con portada adintelada y fachada
ornada con blasones de los linajes Durán, Rocha, Golfín,
Ribera, Torres...
La
otra se conoce como Casa del Rincón de la Monja, es muy sencilla
con portada de medio punto adovelada, bello ventanal y escudo con las
armas de Ovando y Aldana.
Aquí
se siente pesar de que el barrio de San Antonio no sea más frecuentado
por el visitante, tal vez porque las prisas al uso, no concedan a esta
visita más de sesenta minutos. Y es que en Cáceres no se
visita un monumento sino una ciudad entera, conservada para deleite de
las generaciones presentes.
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