Monasterio de Guadalupe

Situado en el enclave ecológico de la Sierra de las Villuercas, en el nordeste de Extremadura, acoge entre sus muros un patrimonio cultural extraordinario. En el interior de una bella población llamada la Puebla de Guadalupe.

Historia

Comenzó su existencia de un modo muy primitivo hacia 1.322 cuando, según cuenta Fray Rodrigo de Llerena, se apareció la Virgen al pastor Gil Cordero, quien a la sazón andaba por la Sierra de la Villuercas afanado en la búsqueda de una vaca perdida desde tres días antes. Gil encontró la vaca muerta pero intacta. Con animo de aprovechar la piel, le hizo una cruz en el pecho del animal y éste se levanto vivo. Entonces, cuenta la leyenda, se apareció la Virgen e indicó al sorprendido vaquero dónde estaba enterrada, desde hacía 500 años, la talla de su venerada imagen, hecha de madera de cedro por Lucas, uno de los cuatro evangelistas, que fue coetáneo de la Virgen María.

Al parecer Lucas mandó que a su muerte lo enterrasen junto a la talla mariana modelada por sus privilegiadas manos. Cuando, a mediados de siglo IV, se descubrió Impresionante imagen nocturnala tumba del evangelista-escultor, la imagen y los restos del santo pasaron a la que entonces era capital del cristianismo, Constantinopla. Allí, en el año 581, Gregorio, que unos años más tarde sería elegido papa, se encontró con Leandro, obispo de Sevilla. De aquel encuentro surgió una profunda amistad y pasado el tiempo, el ya papa Gregorio regaló a Leandro la famosa talla que éste, sin dudarlo, se trajo a Sevilla. Años más tarde, hacia el 714, fue trasladada de la capital bética a la vecina Extremadura por unos monjes que huían de los musulmanes. Ellos la enterraron en la frondosa comarca cacereña de las Villuercas, junto a un río entonces oculto, el Guadalupe, en una cueva de la ladera de la Sierra de Altamira y acompañada de una campanilla de plata y una carta explicativa del singular suceso. En el preciso sitio donde Gil Cordero buscaba su extraviada vaca y se encontró con la talla de la Virgen, cuya verdadera datación técnica la sitúa a finales del siglo XII, se construyo una rudimentaria ermita. A partir de ellas se desarrolló el que con los siglos alcanzaría a ser el actual e impresionante monasterio, por el que muy probablemente han pasado más monarcas, nobles y estudiosos, amén de peregrinos y enfermos, que por ningún otro de España.

Los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, visitaron el monasterio en más de veinte ocasiones; la mismísima reina decidió que su testamento fuera depositado en Guadalupe. También Cristóbal Colón, el primero en arribar al nuevo continente, visitó Guadalupe en tres ocasiones, una de ellas, la primera, a su regreso del primer viaje al Nuevo Mundo, de donde se trajo ofrendas materiales y humanas (gente natural de la Antillas) para la Virgen, bautizando a los caribeños según el rito cristiano. El monasterio tuvo su máximo esplendor bajo la jurisdicción de la orden de los ermitaños de san Jerónimo, seguidores desde 1.389, por decisión del papa Gregorio XI, de la regla de san Agustín. Durante los siglos XVI-XVIII desarrolló una enorme actividad y vida religiosa, humanística y sanitaria. Guadalupe llegó a tener hasta once hospitales (cuatro "mayores" y siete "menores"), por donde pasaron los médicos y cirujanos más famosos de la época y donde trataban las miserias físicas y espirituales.

La orden de los Jerónimo apenas necesitaban los servicios del exterior, pues se organizaron de tal manera que durante más de cuatro siglos produjeron ellos mismos todo lo necesario para la vida en comunidad. Entre los muros del monasterio había talleres con clérigos con oficio propio. En el siglo XIX, cuando llegó la desamortización del ministro Mendizábal, el panorama cambio. Tras permanecer unos años en ruinas y en lamentable abandono, en que sirvió para aprisco de cabras y padeció el expolio de documentos y piedras, la llegada de la orden franciscana, en el año 1.908, supuso un notable impulso, un nuevo renacimiento, hasta la actualidad, momento en que Guadalupe constituye un magnífico monumento religioso, histórico, artístico y cultural. Desde este punto de vista, sirva decir que su biblioteca, casi totalmente informatizada, recoge más de cien mil títulos, a los que hay que añadir las obras de arte escultórico y pictórico, miniaturas, bordados y obras arquitectónicas que hacen del monasterio de Guadalupe un conjunto singular.

 

Valor Artístico

Tras haber albergado a los Jerónimos, el santuario y monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe fue restaurado por los franciscanos, que residen en él desde 1.908. El núcleo central del complejo corresponde al período gótico (finales del siglo XIV y principios del XV), si bien el conjunto de la construcción está compuesto por numerosos añadidos sucesivos efectuados en los siglos XVI y XVII. El conjunto de gran impacto visual, es un amontonamiento confuso de viviendas y dependencias construidas por los frailes al paso de los años en el interior del recinto fortificado.
  • El claustro de planta cuadrada, comprende tres ordenes de arcos distintas en que las formas elegantes del gótico flamígero prevalecen sobre el mudéjar. Construido entre 1.519 y 1.533, fue en otros tiempos enfermería de los monjes y botica. Actualmente algunas partes del mismo acogen la hospedería, un bellísimo albergue.
  • El claustro mudéjar forma un conjunto casi único en España. Edificado en el siglo XV por el primer prior, el padre Yánez, con dos planos y arcos irregulares, es casi cuadrado y tiene en su centro un templete de estilo gótico-mudéjar.
  • Instalado en el viejo refectorio de los frailes Jerónimos (siglo XV), el museo de bordados está en uno de los lados del claustro mudéjar. Expone una colección de ropas sacras y de vestiduras para la práctica del culto: la mayor parte fueron magistralmente confeccionadas entre los siglos XV y XIX por los trabajadores, religiosos y laicos, del taller del monasterio; el resto procede de donaciones privadas.
  • El templo, interior gótico, de tres naves, tiene una capilla principal de mármol pintado con un retablo de madera que está separada del resto de la iglesia por una verja de hierro forjado.
  • El museo de miniados, situado en una sala del siglo XV cubierta de frescos, alberga 82 libros de coro miniados de los siglos XV, XVI y XVIII. Fueron realizados en la escuela del monasterio, que estuvo activa entre los siglos XV y XIX.
  • En la llamada iglesia nueva, un suntuoso edificio con tres naves y crucero dedicado a la Santísima Trinidad, está situado el auditorio. Restaurado sin alterar su impronta barroca, adoptó su nueva función en 1.978.
  • El camarín de Nuestra Señora, maravilla barroca, terminada en 1.696, tiene forma de cruz griega y ocupa un área de 84,64 metros cuadrados. En los nichos hay estatuas de ocho heroínas del Antiguo Testamento, mientras que en las paredes se han puesto nuevos lienzos con temas de la vida de María. Desde aquí se accede al trono de la Virgen.

  • El relicario, de forma octogonal, está en la capilla de san José. En él se conservan el tesoro de la Virgen, con coronas y ropajes de oro, plata y piedras preciosas, y seis vitrinas con reliquias (34 brazos y 17 bustos).

  • La fachada gótico-mudéjar (siglo XV) resalta como fondo de una pintoresca plaza con fuente. La exuberancia de la decoración flamígera, de influencias moriscas, destaca sobre el oscuro de los muros. Las dos puestas de bronce, obra de Pablo de Colonia, representa escenas de las vidas de Jesús y María.
Entrar en la sacristía es como visitar una pinacoteca totalmente dedicada a Zurbarán. En la planta baja de la torre de Santa Ana, a la derecha del altar mayor, se abre la sacristía, una de las estancias interiores más espectaculares del monasterio de Guadalupe. Una vez atravesada la antecámara Sacristia del monasteriogótica, embellecida con frescos del siglo XVII, espejos y cuadros (tres de ellos de Juan Carreño de Miranda), se entra en una amplia sala rectangular edificada entre 1.636 y 1.645 según traza del fraile carmelita descalzo Alonso de San José. El conjunto está dividido en cinco partes mediante cinco bóvedas de cañón sostenidas por pilastras de influencia toscana: el conjunto está enteramente decorado con frescos barrocos atribuidos a Manuel Ruiz y a fray Juan de la Peña. En el techo hay cinco cuadros que evocan escenas de la vida de san Jerónimo, mientras que los escudos del santuario y la orden de los Jerónimos campan sobre los arcos interiores de las dos puertas.

Más que una sacristía parece una pinacoteca: decoración intensa, vivaz y continuada, que pone en danza flores, frutas, ángeles y motivos animales y fantásticos, forman el escenario ideal de ocho lienzos de Francisco de Zurbarán, los únicos del monasterio que permanecen en su ubicación original. El artista nació en 1.601 en Fuente de Cantos (Extremadura). Su obra esta fuertemente influenciada por su lugar de nacimiento, pues sus formas simplificadas, sus colores sin modulaciones y su poderosa austeridad se refleja en las amplias extensiones de su tierra natal, de color ocre y sin arboles, que crean un lugar extrañamente abstracto. Asimismo Zurbarán desarrollo plenamente las relaciones artista-cliente en la elección de los temas y en su realización, conjugando la didáctica monástica con las fuentes místicas y expresando a la vez una vivencia interior profundamente apegada a lo que representaban los temas del monasterio.

Zurbarán, que ha pasado a la historia por su vigor del claroscuro que impera en sus cuadros, llegó, a través de la renuncia a los aspectos mundanos, a las esferas de la espiritualidad más visionaria, hasta el punto de se posteriormente admirado por los románticos. Así pues, en la sacristía de Guadalupe las telas hallan su ambientación perfecta, destacando y a la vez fundiéndose con los volúmenes y colores tenues o vivos de las paredes.

En el lado izquierdo se admiran:
  • La tentación de fray Diego de Ordaz
  • La aparición de Jesús al padre Salmerón
  • Fray Gonzalo de Illescas
  • La misa del padre Cabañuelas
  • Enrique III imponiendo el birrete arzobispal al padre Yáñez
A la derecha:
  • La despedida de fray Juan de Carrión de sus compañeros
  • La caridad de fray Martín de Vizcaya
  • La visión de fray Pedro de Salamanca
En el centro se abre la capilla de san Jerónimo, que alberga un retablo, una estatua del santo de terracota, tres intensos lienzos de Zurbarán y la lámpara de Lepanto, tomada a los turcos por don Juan de Austria.