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Cabreros,
pastores, trashumancia, comercio...: elementos relacionados con el intercambio
y la trasferencia en la cultura popular. A veces el relato de un hecho se convierte
en mito a fuerza de considerarlo extraordinario (de modo sucesivo) en los peldaños
de la transmisión oral. Y éste se cuenta de mil formas que conservan en común
los detalles extraordinariamente imaginados, a manera de cuento o leyenda.

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En ocasiones, como en el caso de La serrana de la
Vera (o de la garganta), el tema a sido recogido en alguna obra literaria. Así
Lope de Vega, Vélez de Guevara y otros autores (amén de numerosos romances anónimos)
produjeron obras con este argumento. Las interpretaciones de este mito nos devuelven
al contexto pastoril, a la defensa del territorio propio y a la advertencia moral
de los riesgos del placer.
Sus precedentes están precisamente en las serranas
de la tierra fragosa y de la frontera (límite medieval de los territorios cristianos),
por donde transcurre después la trashumancia. La leyenda nos lleva a la Sierra
de Tormantos, en las proximidades de Garganta la Olla, donde una mujer de grandes
dimensiones, cazadora, primitiva y seductora sale de su territorio a buscar lo
que necesita:
Cuando tiene ganas
de agua
Se baja por la ribera
Cuando tiene ganas de hombres
Se sube a las altas peñas
Se
encuentra un serrano (leñador) al que conduce hasta su refugio con el fin de seducirlo
con música, comida y cama, mostrándole además sus trofeos:
Bebe, serranillo, bebe
Agua de esta calavera
Que puede que algún día
Otros de la tuya beban
Y
es al final el serrano el que consigue burlarla huyendo por el monte. La persecución,
morbosa en sus detalles, recuerda los cantos de sirena, pero el leñador no se
tapa los oídos y responde a las promesas de la serrana con ocurrentes ironías
que provoca en la mujer un último lamento desesperado:
Por dios, te pido,
serrano
Que no descubras mi cueva.
···O···
Romance
de La Serrana de la Vera
Allá
en Garganta la Olla
en la vera de Plasencia,
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena;
trae recogidos los rizos
debajo de la montera;
al uso de cazadora
gasta falda a media pierna,
botín alto y argentado
y en el hombro una ballesta
Sus
cabellos destrenzados
con los arcos de sus cejas
flechas arrojan al aire,
y en el aire las flechas vuela
De
perdices y conejos
sirvióme muy rica cena,
de pan blanco y de buen vino
y de su cara risueña
Si buena cena me dio
muy mejor cama me diera;
sobre pieles de venado
su mantellina tendiera
aguárdate, lindo mozo,
vuélvete por tu montera.
La
montera es de buen paño,
¡pero aunque fuera de seda!
¡Ay de mí, triste cuitada,
por ti seré descubierta!
descubierta no serás
Hasta la venta primera.
Romance
antiguo (Popular)
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Tienen los pastores cacereños el mérito
de haber creado el más bello y emotivo romance pastoril español.
Su popularidad es inmensa y su área de difusión cubre tantas leguas
de territorio nacional como miden los pastores extremeños en sus trashumancias.
Romance
de La Loba Parda
Estando
yo en mi choza
pintando la mi cayada,
las cabritas altas iban
y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas,
no paran en la majada.
Vi de venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes
cuál entrará en la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.
¡Aquí mis siete cachorros,
aquí, perra trujillana,
aquí, perro el de los hierros,
a correr la loba parda!
si me cobráis la borrega
cenaréis leche y hogaza,
y si no me la cobráis
cenaréis de mi cayada.
Al subir un cotorrito
la loba ya cansada:
Tomad perros la borrega,
sana y buena como estaba.
- No queremos la borrega,
de tu boca alobadada,
que queremos tu pelleja,
pal pastor una zamarra;
el rabo, para correas,
para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón,
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas
para que bailen las damas.
Popular
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| El
Hombre Volador (Plasencia) |
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El hecho que vamos a recordar ocurrió en
Plasencia, es aquella extraordinaria y estupenda historia del hombre volador,
tan difícil de creer, pero de la que atestiguan doctores tan sabios como
el P. Juan Luis de Cerda, en su edición comentada de Virgilio:
Si se hace ciertamente duro de admitir que pudiera un hombre volar como si
fuera un ave, escapando así de la prisión que lo encerraba y pasando
sobre la cabeza de los atónitos placentinos, quienes veían y no
daban crédito a sus ojos, ¿cómo no hemos de admitir lo que
confiesa un doctor Padre de la Compañía, sin pecar de atrevidamente
temerario, y tal vez de irreverente?.
Aún subirá vuestra admiración de punto, si os declaro que
quien así escapaba de la cárcel, era nada menos que el autor de
las maravillosas tallas del coro de la catedral placentina. Pero procedamos por
orden, y comencemos, para que no haya dudas, con lo que dicho Padre La Cerda,
declara en su eruditísimo comentario latino, cuando anotando un verso del
libro VI del La Eneida, aquel que dice ausus se credere coelo, escribe: (traducido)
En la Plasencia española, cierto sujeto se evadió de la cárcel,
temeroso, como acontece, del brazo secular de la justicia.
Como quisiera evadirse, adaptó a sus hombros unas alas, y se lanzó
al cielo desde la punta de la torre; atravesó volando toda la ciudad y
cayó lejos de las murallas, fatigado por el mucho meneo del cuerpo. Todavía
hoy se muestra el lugar de su caída. De este hecho fueron testigos los
ojos de los placentinos que vieron al hombre volador...
Que hubo arte diabólica es cosa que ni se duda, mayormente si sabemos
que el prisionero volante, no era otro que el artífice del estupendo coro
de la catedral. De su diablesca inclinación, hartas pruebas había
dado ya al labrar la sillería: ¿cómo sin estar bajo el dominio
del maligno, se puede tener una habilidad tal, sumada a la irreverentísima
indecencia y obscenidad desvergonzada, de tantas de sus misericordias?.
Harto probó allí su filiación diabólica, para que
necesitáramos de vuelos u otros embelecos que acreditaran su connivencia
con el infierno.
El que da cuenta de la cosa con gran copia
de detalles y datos, y no es para menos, teniendo en cuenta la proclividad al
materialismo y a la incredulidad de su siglo, es el ilustrísimo don Antonio
Ponz, quien al comentar la VI carta del tomo VII de su Viaje de España
dice:
... lo que creemos fabuloso en Dédalo, fue un hecho verdadero sucedido
en Plasencia. Voló un hombre y voló un gran trecho. Es opinión
que tal avechucho fue el que hizo la sillería del coro de la catedral...
Atravesó trepando por los vientos toda la ciudad, desde el castillo a la
que llaman la dehesa de los caballos, medio cuarto de legua de Plasencia...
Convido muy de veras a mis oyentes, para que lean allí la explicación
de su prisión y otros pormenores. Mas como bien me sé que mi siglo,
es también un tanto materialista e incrédulo, y busca la causa eficiente
y científica de todas las cosas, véome aún obligado a transcribir
un párrafo más del citado autor y procedencia, que nos irá
dando la clave de cómo fue posible tal prodigio:
...el Dédalo placentino para escapar determinó dos cosas, comer
poco para adelgazarse, y que todo su alimento fuese de aves, las que mandaba llevar
con plumas, hasta que juntó gran porción. Pesaba... la carne de
las aves peladas, y luego sus plumas, y sacaba por computo fixo que para sostener
dos libras de carne eran necesario cuatro onzas de plumas. Averiguada dicha proporción,
sacó por consecuencia, que tantas libras, o arrobas que él pesaba,
necesitaba tantas onzas o libras de plumas para mantenerse en el aire, y juntándolas
las pegó con cierto engrudo a los pies, cabeza, brazos y a todas las demás
partes de su cuerpo, dejando hechas dos alas para llevarlas en las manos, y remar
con ellas: así se arrojo este emplumado al viento, y después del
trecho referido se precipitó, haciéndose pedazos.
Extractado
de:
Viaje Literario al Norte Cacereño
de Luis Cortés Vázquez (catedrático de la Universidad de
Salamanca)
Publicaciones de colegio universitario de Cáceres 1.973
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| Mitológicos
Jardines de La Abadía |
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...Sí, estamos en el zaguán de Extremadura
umbroso y fresco, codiciadero, que en esta ronda literaria va a depararnos a pocos
pasos, el recuerdo de un lujurioso y señorial vergel: La Abadía.
Pero bueno será advertir que antes de ser
abadía, había sido castillo templario de Sotofermoso, nombre más
merecido; remembrando también que los templarios, como los judíos,
no eran ajenos al dinero, y que ambas presencias en este rincón evidencian
las posibilidades de la comarca. A este castillo de Sofofermoso, sustituyó
luego la Abadía cisterciense que dio nombre al lugar, donde más
tarde aún, se trazaron mitológicos y eruditísimos jardines
italianizantes, promovidos por la grandeza aristocrática de la ducal prosapia
albense.
Reconozcamos empero, que lo que hoy se rememora
en La Abadía, es la evocación del poeta que todo lo cantara, regocijador
del pueblo con sus comedias: Lope Félix de Vega y Carpio que hasta aquí
llegara, cuando su señor don Antonio, Duque de Alba, decidiera hacer un
viaje a su posesión extremeña, para tratar de paliar su melancólico
humor, tras el fatal lance que en Alba costara la vida a su hermanastro don Diego,
muerto al intentar clavar un rejón a un toro, desde su overo Jazmín.
Si la expedición no curó la negra
disposición del señor Duque, sirvió al menos para que Lope
nos dejara una descripción del que, sin duda, fue el más bello jardín
del Renacimiento español:
De las grandezas
del insigne Albano,
cantaré del jardín del Abadía,
famoso, donde nace y muere el día.
Yace donde nace Extremadura,
al pie del monte que divide España,
un hermoso jardín, que en hermosura
los pensiles hibleos acompaña;
de las nevadas sierras de Segura
el río Serracinos baja, y baña
los cimientos del muro, y las almenas
miran por sus cristales sus arenas.
Por
cierto que don Antonio Ponz, siempre puntual y preciso, nos dirá en su
Carta I, tomo VIII de su celebérrimo y celebrado Viaje de España:
Por
el monte que divide á España, se dexa ver, que entiende este Poeta
la cordillera, que desde el puerto de Guadarrama, viene por el Pico, Arenas, Baños
y otros, hasta el de Gata, de donde continua dentro de Portugal, El nombre antiguo
del río que baña las murallas de la Abadía, fue Ambroz, y
este tiene actualmente, y no el de Serracinos, No se sabe aquí cuáles
sean aquí las nevadas sierras de Segura; y si llama con este nombre á
las altas cumbres entre el valle donde está la Abadía y el de Plasencia,
por un lugarcillo situado en una parte de aquellos cerros, llamado Segurilla,
no viene de allí el río Ambroz...
He
aquí lo que se llama precisión, como cumple a un erudito de tanta
talla, del puntilloso siglo XVIII. Donde en cambio si estuvo Lope tan exacto como
prolijo, hasta el punto de que hoy habría de tomarse como guía,
si -Dios lo quisiere- hubiera que reconstruir tan señorial jardín,
fue en la descripción pormenorizada del mismo, de la que ofreceré
unos breves fragmentos:
De
la otra parte sobre el río undoso,
hay calles de naranjos guarnecidas,
y puertas de labor artificioso
por iguales espacios divididas;
en el arco primero más curioso
dos fuentes, en dos ninfas sostenidas,
vierten por dos peñascos y bañan
dos diosas que la máquina acompañan.
...
Es el arco grutesco, y todo el techo
sembrado de racimos y los lados
tiene dos faunos de la frente al pecho
en dos festones huecos engastados
...
Hay otros cuadros donde están labradas
de murta mil figuras, y otras fuentes
de bronce firme, en que se ven pintadas
las hazañas de Alcides diferentes.
En fin en el jardín están cifradas
fábulas tan extrañas y excelentes,
que es otro nuevo Ovidio transformado.
Extractado
de:
Viaje Literario al Norte Cacereño
de Luis Cortés Vázquez (catedrático de la Universidad de
Salamanca)
Publicaciones de colegio universitario de Cáceres 1.973
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